12 de Junio de 1970.
A eso de las ocho de la mañana entraban los rayos de luz por el balcón de la habitación. La noche anterior hacía tanta calor que lo abrí de par en par y me quité completamente toda la ropa.
Al abrir el ojo derecho pude observar una ligera sombra sobre mi hombro. Abrí bien los ojos. La miré. Era una mariposa negra, tan oscura como mis pupilas, pero me transmitía paz. Era frágil y débil. La amaba. Era mi yo interior que vino a por mi. Le puse mi dedo al lado y como si de un robot se tratara se posó en él. Me sentí bien a pesar de la mierda a la que estaba sometida.
Sentía que controlaba su libertad sin abusar de mi libertinaje.
No recuerdo bien que le dije pero salió volando y no la volví a ver.
Solo la veía en mis sueños pero al final se convirtió en una obsesión. La veía por todas partes. Y no sabía distinguir si era real o no. No me dejaba dormir. Era mi mayor temor. Era un monstruo que me perseguía. No sé con que fin, pero lo hacía. Parecía hablarme, pero yo ni me inmutaba, estaba tan cegada con su belleza que ya podía estar matándome que yo no me daba cuenta.
Pero, aún así me hartaba. No me dejaba en paz. Ni un solo segundo. No me dejaba dormir. No me dejaba vivir.
Oh, dulce mariposa, como me conocía.
Sabía que amaba su dolor y odiaba su belleza. Sabía que odiaba su dolor y amaba su belleza. Sabía que yo era ella y que por lo tanto no podría hacer nada ya que, no vale de nada hacer algo a cambio de nada.
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