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lunes, 20 de junio de 2016

Historias de lobos a las 6 de la mañana.

De nuevo, despierto confusa, ante tanto confuso.
Confusión de confiar, de dónde va a parar la vida, confusión de ser, y poco a poco estar construyendo un estado imperceptible de mi ámbito usual.

Una vez, me di cuenta que estaba ante el fenómeno más preciado y que más iba a recordar de mi vida.
Era un hombre, 
extraño, ¿verdad? 
fue un hombre quien incentivó mi mirada de acecho hacia él mismo.
Yo le vi, le creí real...
yo vi que era como yo, era un lobo más que perdió su manada, era melancólico;
mis pupilas yacían ensanchadas cuando mi mirar caía sobre él...
Era un lobo, yo una loba,
ambos sumisos en la noche obscura, a un día de que fuese luna llena, borrachos de alcohol, y sin nada que esconder.
Sumisos en placer, la noche placentera, las palabras, las miradas, sobraba todo; hasta la ropa.
Sobró, sobró hasta la última palabra, para que con sus ojos negros, me hiciese ver lo que disfrutaría,
yo asentí, con sonrisa pícara, sus labios, y sus ojos, ahora fueron sus ojos quienes tomaron contacto y el poder con mi cuerpo.
Fueron sus manos las que me desnudaron, fue su boca la que me hizo disfrutar,
de él adquirí experiencia, de él adquirí poder, pero él se apoderó de la situación,
él lo dominaba todo, él me dominaba a mí, él decidía que hacer y como, y oye, hizo de mí lo mismo que Dios con un santo, pero yo lo disfruté más que dicho santo.

No fue solo sexo esa noche, pero abordamos bastante bien la situación,
marché y no supe más de él,
solo esperaba paciente, a que esa primera y última vez, la próxima vez recogiera todos los aspectos verdaderos del placer, del sexo, del amor, algo que la última vez terminó en primera y última, hacerlo constante y vital.

Un lobo y una loba, unidos en placer, revolcándose en un bosque oscuro, junto a los árboles que taparon sus cuerpos aullando al amanecer.