Anhelo. Ambiguo. Ansío volver a mirar el cielo y que todo sea lúgubre. Pues parece que lo único tétrico que se pueda hallar es mi cerebro. Mi triste cerebro colmado de los mismos pensamientos. Día y noche. Pero la cosa empeora cuando despierto cada mañana, ya de madrugada me doy cuenta en que clase de mundo vivimos. Un desastre, ¿verdad?
En mi casa ya no hay luz. Claro está que con lo que hago no me llega casi ni para agua. Por esto, me encuentro bajo la cálida luz, por así decirlo, de las velas. Esas velas que al prenderlas no huelen especialmente bien. Y al apagarlas no dejan el dulce aroma de cualquier fruta tropical. Sinó las velas. De toda la vida. Empuñando con tinta sobre un papel arrugado y sucio lo que verdaderamente siento. Y bueno, como podréis imaginar el papel sigue arrugado y sucio. Me frustro al pensar que quiero lo que no tengo. Que quiero lo que no necesito. Más. Más. Y más. Pero ojo, al igual que yo todos vosotros, ese nosotros tan odioso. Y como siempre.
Decidió drogarse con el más caro polvo. Hoy se ve hundida. Dígame,
-¿Era más verídico quedarse en casa o meterse esa mierda por la nariz?.
-Nunca se plantee si lo que hago tiene algún fin concreto. Mejor plantéese que 'quizá los pájaros quieran tener piernas.'
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