Microrrelato XXIII
John me sonrió –algo torcida yacía su
sonrisa- me miró con cara de psicopatía a través de la ventana de construcción
gótica que daba a mirar a la proa desde el camarote, y yo desde fuera, cual
pirata egocéntrica, le devolví la sonrisa –un tanto preocupada- acto seguido
arrastró sus manos manchadas de sangre por dicha ventana, cayó al piso llorando,
y allí, murió.
Vino un oleaje, el timón empezó su curso totalmente solo,
acompañando al viento que nos llevaba mar adentro, yo quedé la única de entre
unos veinticinco camaradas, todos moribundos
a mis pies.
Vislumbré una cruz roja, sobre aquella isla perdida –tierra a la vista- lancé el quinqué que mi mano sujetaba desde la
cofa hasta la vela más grande, allí comenzó a arder el fuego, avivando, nuestra
historia pirata, quedó prescrita en cenizas entre la mar.
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