¿Un objeto? Ese reloj. Roto. Viejo. Oxidado. Ruidoso. Con el Tic Tac paralizado a merced del aire suave que corría por la ventana de la cocina. No era un reloj de pared. Ni mucho menos de muñeca. Ni siquiera iba a pilas. No entiendo cómo, pero aún funcionaba. Era diminuto, como un tapón de corcho, con la cadena forjada de oro y la plata estaba fundida. Nunca cambié aquel reloj por nada del mundo. Él era el que señalaba que cada día quedaba menos para mi fin, y junto a mi, el suyo.
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